lunes, 23 de diciembre de 2013

Charles Baudelaire: Confesión

Una vez, una sola, mujer dulce y amable,
en mi brazo el vuestro pulido

se apoyó (sobre del denso fondo de mi alma
ese recuerdo no ha palidecido)

Era tarde; al igual que una medalla nueva,
La Luna llena apareció,
Y la solemnidad nocturna, como un río,
Sobre París dormido se extendía.

Los gatos, por debajo de las puertas de coches,
Deslizábanse furtivos
El oído al acecho o, como sombras caras,
Nos seguían despacio.

Y de súbito, en medio de aquella intimidad,
Abierta en la luz pálida,
De Vos, rico y sonoro instrumento en que vibra
La más luminosa alegría,

De vos, clara y alegre igual que una fanfarria
En la mañana chispeante,
Una quejosa nota, una insólita nota
Vacilante se escapó,

Como un niño sombrío, horrible y enfermizo
Que a su familia avergonzara,
Y al que durante años, para ocultarlo al mundo,
En una cueva habría encerrado.

Vuestra discorde nota, ¡mi pobre ángel! cantaba:
«Que aquí abajo nada es firme,
Y que siempre, aunque mucho se disfrace,
El egoísmo humano se traiciona;

Que es un oficio duro el de mujer hermosa
Y que es más bien tarea banal,
De la loca y helada bailarina fijada
En maquinal sonrisa;

Que fiar en corazones es algo bien estúpido;
Que es todo trampa, belleza y amor,
Y al final el Olvido los arroja a un cesto
¡Y los torna a la Eternidad!»

Esa luna encantada evoqué con frecuencia,
Ese silencio y esa languidez,
Y aquella confidencia penosa, susurrada
Del corazón en el confesionario.

jueves, 19 de diciembre de 2013

Johann Wolfgang von Goethe: El rey de los silfos

¿Quién tan tarde cabalga en la ventosa noche?
Un padre con su hijo, a lomos del corcel
bien cogido lo lleva en sus brazos, seguro
y caliente al recaudo de su regazo fiel.

-Hijo mío, por qué escondes así triste tu rostro?
-¿Es que el rey de los silfos, oh padre, tú no ves?
¿De los silfos el rey con su corona y manto?

-¡Es la bruma, hijo mio, quien eso te hace ver!
¡Oh lindo niño, anda, ven conmigo ligero!
Verás que alegres juegos allí te enseñaré
¡y qué flores tan raras en mi orilla florecen,
y qué doradas vestes mi madre sabe hacer!

-Padre mío, padre mío, ¿no oyes tú las promesas
con que el rey de los silfos me pretende atraer?

-No hagas caso, hijo mío, que es el cierzo que agita
de la agostada fronda del bosque la aridez.
-Lindo niño, ¿no quieres venir a mi palacio?
Te aguardan mis hermosas hijas bajo el dintel.
Por turno en la alta noche arrullarán tu sueño
y sus danzas y cantos sabrán entretejer.

-Padre mío, padre mío, ¿no ves allá en la sombra
las hijas del monarca bellas resplandecer?
-Hijo mío, no hagas caso, es la vaga espesura;
no hay nada sino eso, que lo distingo bien.

-Lindo niño, me encanta tu belleza divina;
si no de grado vienes, la fuerza emplearé,
-¡Padre mío, padre mío, mira cómo me coge;
daño me hacen sus manos; padre, defiéndeme!

Siente temor el padre y su bridón aguija;
contra su pecho aprieta al lloroso doncel;
de su casona el atrio por fin alcanzar logra.
Mira, y muerto al instante entre sus brazos ve.

domingo, 15 de diciembre de 2013

Dulce María Loynaz: Eternidad

En mi jardín hay rosas   
yo no te quiero dar
las rosas que mañana...
mañana no tendrás.

En mi jardín hay pájaros
con cantos de cristal:
No te los doy, que tienen
alas para volar...

En mi jardín abejas
labran fino panal
¡Dulzura de un minuto...
no te la quiero dar!  

Para ti lo infinito
o nada; lo inmortal
o ésta muda tristeza
que no comprenderás...  


La tristeza sin nombre
de no tener que dar
o quien lleva en la frente
algo de eternidad...

Deja, deja el jardín...
no toques el rosal:
Las cosas que se mueren
no se deben tocar.  
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